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  • Jonathan Anderson

Mentoría para las Misiones Por Günter Krallmann #2




La Utilización de la Compañía de Jesucristo al Discipular a los Doce

Podemos recordar cómo las experiencias tempranas de Jesús en el piadoso hogar de sus padres y en el taller de carpintería lo habían conducido a entender, apreciar y desarrollar relaciones interpersonales significativas. Después que se comprometió en el ministerio público, la evidencia evangélica no nos deja duda que Jesús se orientó fuertemente en las personas y consideró su relación con los Doce en particular como un asunto de suma prioridad. Jesús se puso a disponibilidad de ellos más que para con cualquier otro (cf. Mr. 9:30.31), prestó un especial interés en el entendimiento de su enseñanza y misión (cf. Mr. 4:34, Mt. 16:21) y ejercitó una paciencia remarcable con respecto al lento crecimiento de ellos (cf. Mr. 8:17-21). Mostró gran preocupación por ellos (cf. Jn. 18:8), expresó su amor por ellos (Jn. 15:9), les dijo que anhelaba tener comunión con ellos (Lc. 22:15) y estuvo especialmente comprometido con ellos en intercesión (cf. Jn. 17:6-19, Lc. 22:31.32).

Sin embargo hay un área que brinda una visión más deslumbrante dentro de la naturaleza y profundidad de la relación de Jesús con sus discípulos, y es su comunicación íntima con ellos. Para T. W. Manson debemos notar que el lenguaje que usó Jesús con los Doce mostró ciertas características únicas. Quizás una clave más sorprendente es el hecho que mientras la palabra ‘discípulo’ se encuentra en los Evangelios 225 veces en referencia a los seguidores de Jesús, él se dirigió directamente a los Doce con esta palabra sólo en dos ocasiones (Jn. 13:35, 15:8). Evidentemente el Maestro no compartió la misma preferencia que los cuatro evangelistas en general – ¿por qué?  Parece que Jesús prefirió llamar a sus discípulos “mis hermanos” (Mt. 12:49, 28:10, Jn. 20:17) y señalarlos como “hijos” (Mr. 10:24), “mis hijos” (Jn. 13:33), “amigos” (Jn. 15:15, 21:5) y “mis amigos” (Lc. 12:4, cf. también Jn. 15:14). El texto griego de los registros evangélicos indica que Jesús empleó dos palabras diferentes para ‘amigo,’ viz. fílos y etaíros, siendo el primero un término afectivo y el último denota “camarada” o “compañero.”26 Jesús siempre usó la palabra fílos cuando le hablaba a los Doce, pero usó etaíros cuando abordó a Judas en el momento de la traición (Mt. 26:50).

Todas las diferentes expresiones de cariño recién mencionadas implican comunión cercana, intimidad, lazo de corazón. Se ofrecieron como más apropiadas para capturar la esencia de la consociación de Jesús con los Doce que el término común ‘discípulo,’ porque corría peligro de ser malinterpretada junto con las líneas de ciertas connotaciones rabínicas, es decir podría ser considerada una fuerte orientación intelectual en lugar de una relacional.28 Pero Jesús no emprendió el establecimiento de una academia, emprendió el establecimiento de una comunión, primero se especializó en hacer amigos y posteriormente en enviar apóstoles (cf. Mr. 3:14).

Se debe darle el reconocimiento debido al hecho que el fuerte énfasis en la relación en la que hemos discernido en los tratos de Jesús con los discípulos estuvo inseparablemente vinculado con sus perspectivas teológicas, más específicamente, su teología de liderazgo.29 La epistemología judía teocéntrica no dejaba lugar para la concepción de una filosofía humanista de liderazgo. Jesús obtuvo su visión de liderazgo espiritual en general y su función personal como líder en particular de su percepción teológica, la cual esencialmente se centraba alrededor de “la verdad de la Paternidad de Dios” como “el pensamiento inspirador y gobernante en toda Su obra.” Su experiencia inimitable y entendimiento de esta verdad llegó a ser singularmente evidente al dirigirse a Dios de manera íntima y afectiva como “Abba” (arameo para ‘mi Padre,’ ‘Papito’), la cual en esa forma no tenía ningún paralelo con la tradición rabínica.

El ejercicio del liderazgo espiritual de Jesús muestra que el verdadero deseo de su parte era reflejar la calidad de su relación cercana y amorosa con su Padre en el cielo en la calidad de su relación personal y cálida con sus discípulos en la tierra (cf. Jn. 15:9); incluso más, consideró que era un elemento vital de su misión mostrar al Padre a través de su vida (cf. Jn. 14:8-10). Con Dios como el Padre de todos continuamente ante sus ojos, era natural que Jesús vea a sus discípulos como sus hermanos y que establezca la etapa para el entrenamiento de liderazgo a través de la fundación de una hermandad basada en la consociación.

Como se bosquejó anteriormente, en sus años de preparación Jesús llegó a familiarizarse con un número de grupos y movimientos los cuales dejaron su marca en la sociedad judía de sus días. De las varias formas de interdependencia entre los líderes y seguidores que pudo identificar, Jesús le dio preferencia al patrón de tutoría rabínica como modelo para entrenar a los Doce. Sin embargo, aun cuando asumió la forma exterior, modificó en contenido interior de manera significante.

  1. H. Rengstorf señaló que el uso de Nuevo Testamento de la palabra ‘discípulo’ (griego madsetés) “siempre implica la existencia de un accesorio personal que da forma a toda la vida” y que “no existe duda con respecto a quien está desplegando el poder formativo.”32 Esto fue específicamente cierto en el caso de Jesucristo y los Doce, tan cierto que incluso Rengstorf habló de “esta relación totalmente no judía de Jesús con Sus discípulos.”

A diferencia de la práctica rabínica, Jesús tomó la iniciativa al llamar a sus discípulos. Los convocó como una persona y reclamó el derecho de ser su único maestro. No los preparó para la ordenación, sino para traer mucho fruto espiritual, no los preparó para tener una carrera de reconocimiento público sino para que se nieguen a ellos mismos. Les informó que trabajar en su nombre requeriría de una disposición para sufrir. No los enlistó sólo para un período de tiempo sino que los desafió para un compromiso de toda una vida.

Entonces vemos a Jesucristo valiéndose del formato familiar de la tutoría rabínica, pero revisando su esencia y afinándolo mediante un fuerte vínculo relacional con él. Para citar a Rengstorf una vez más, “Jesús se ata exclusivamente a sí mismo. El rabí y el filósofo griego son lo mismo al representar una causa específica. Jesús se ofrece a Sí mismo.”

Jesús concibió el discipulado como un proceso dinámico de darle forma a la actitud y estilo de vida de sus entrenados de manera progresiva. La imagen favorita y el término técnico que escogió Jesús para este procedimiento cargado de acción fue ‘seguirlo’ (griego akoloudséo) como Maestro (cf. e.g. Mt. 10:38, 19:28, Mr. 2:14, 8:34, Lc. 9:59, 18:22, Jn. 1:43, 21:19.22). Vio el discipulado como una transferencia de vida a través del canal de la relación, y no como una mera absorción intelectual de ciertos preceptos teoréticos. Así es que entendemos el por qué él nunca habló del concepto abstracto de ‘discipulado,’35 aunque – como lo dice G. Kittel36 – el término akoloudséo podría haber sido empleado con ese propósito.

El pasaje de Marcos 3:13.14 también hace que veamos que en su deseo de crear un ambiente más conducente para sus discípulos, Jesús optó por un escenario de equipo. Esta decisión trajo ciertas dinámicas de grupo las cuales aprovechó. Un entorno de equipo provee un sentido de pertenencia y seguridad, facilita el ánimo mutuo, la estimulación y el desafío. Crea una atmósfera favorable para el vínculo y la rendición de cuentas relacional. Dentro de un círculo de personas con ideas afines es más fácil mantener viva una misión, mantener la motivación y el compromiso, suavizar los bordes del carácter y compensar las debilidades de otro. El respaldo grupal realza el desempeño, produciendo mejores resultados mediante la cooperación que los que se lograrían mediante el compromiso en solitario (cf. Ec. 4:9-12, Lv. 26:8). Hablando generalmente el contexto de equipo sirvió para reforzar y ampliar la influencia formativa ‘vertical’ que emanaba de la persona e instrucción de Jesús mediante la comunicación ‘horizontal’ e interacción entre los Doce (cf. Pr. 27:17).

El objetivo preciso de comenzar un movimiento mundial para la expansión de reino de Dios mediante una agenda clara le ayudó a Jesús a excluir tareas improductivas. Su estrategia fue proveerle a este movimiento venidero un liderazgo calificado a través del discipulado basado en la consociación. Jesús tenía el deseo que estos doce candidatos seleccionados “aprendan en lo privado de una comunión diaria íntima con su Maestro, lo que deberían ser, hacer, creer y enseñar, como testigos y embajadores para el mundo.”

Jesús mismo resumió este propósito cuando les dijo a los Doce, “Y vosotros daréis testimonio también, porque habéis estado conmigo desde el principio” (Jn. 15:27). Estas palabras develan su suma confianza en la validez y eficacia del modelo de discipulado de consociación empleado bajo su liderazgo. ¿Y no fue esta confianza la que después fue plenamente justificada y sorprendentemente afirmada cuando los miembros de Sanedrín, en su encuentro con los individuos que había entrenado, “les reconocían que habían estado con Jesús” (Hechos 4:13).


Del libro Mentoría para misiones de Günter Krallmann

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