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  • Jonathan Anderson

Mentoría para las Misiones Por Günter Krallmann #1



Un Manual sobre el Liderazgo Cristiano Ejemplificado por Jesucristo

“Estoy más que nunca convencido que si tomáramos las instrucciones de nuestro Maestro y las seguridades que le dio a Sus primeros discípulos como nuestra guía de manera más plena, veríamos que son tan apropiadas para nuestros tiempos como para los tiempos en que fueron dadas originalmente.”

  1. Hudson Taylor

La Utilización de la Compañía de Jesucristo al Discipular a los Doce

Su Llamado a la Consociación

Sin ninguna duda el desarrollo de eventos reflejado en Marcos 3:13.14 señaló un momento decisivo en la correlación de Jesús con sus adherentes:

Después subió al monte, y llamó a sí a los que él quiso; y vinieron a él. Y estableció a doce, para que estuviesen con él, y para enviarlos a predicar.

Jesús sintió que había llegado el momento de reducir el gran número de candidatos posibles a una pequeña banda de compañías a tiempo completo. Es así que “llamó a sí a los que él quiso” (v. 13). Esto indica que una vez más la iniciativa estuvo de su lado, y que soberanamente se dio la libertad de seleccionar a aquellos que consideraba los más apropiados para ser entrenados para primero ayudarlo y luego continuar su misión.

El relato de Lucas de este incidente trascendental (6:12.13) nos hace saber que Jesús pasó toda la noche en oración para tomar esta decisión crucial. Esperar en Dios para obtener una dirección específica parecía ser un imperativo ante la posibilidad de descarriarse mediante las meras inclinaciones humanas, como podemos inferir de la experiencia del Antiguo Testamento de Samuel (cf. 1 S. 16:6-12). Además, Lucas enfatizó mediante el uso de la palabra ‘escoger’ (griego eklego, v. 13) que Jesús llevó a cabo una selección deliberada (cf. también en Jn. 15:16.19). Jesús escogió a los individuos que Dios deseaba para él bajo la presencia conductora del Espíritu Santo (cf. Jn. 17:6.9).

Dentro de aquellos que Jesucristo invitó para que formen parte del grupo central de los Doce se encontraban, para comenzar, Simón Pedro, un hombre con una aptitud de liderazgo considerable. Su hermano Andrés, un servidor poco llamativo, fue el que inicialmente le presentó al Maestro de Nazaret; Andrés anteriormente había sido discípulo del Bautista, junto con Juan, hijo de Zebedeo. Jesús le puso de sobrenombre a Juan y a su hermano Jacobo “Hijos del Trueno” (Mr. 3:17). Como su compañero de pesca impulsivo Simón, estos dos temerarios eran típicos especímenes de la verdadera reserva galilea. Además Jesús llamó a Felipe de Betsaida, que le había hecho conocer a Bartolomé (Natanael) la aparición del Mesías, junto con Jacobo, hijo de Alfeo, Tadeo (Judas) y Tomás, que parece haber compartido una actitud algo escéptica con Bartolomé (cf. Jn. 11:16, 20:24-29, 1:46:48). Otro miembro del grupo era Mateo (Leví) cuyos antecedentes como recaudador de impuestos y por consiguiente colaborador de los romanos lo devaluaban ante los ojos de cualquier judío patriota, especialmente para un nacionalista ferviente y revolucionario como Simón el Zelote (cananeo). Finalmente estaba Judas Iscariote, marcado por un sesgo materialista (cf. Jn. 12:4-6, Mt. 26:14.16), que al final traicionaría al Maestro.

Según los Evangelios, Simón Pedro era la única persona casada en el grupo (cf. Mr. 1:30). Teniendo en cuenta que la edad para casarse para los hombres en la sociedad judía era los dieciocho años, lo que dice J. S. Stewart, “El Cristianismo comenzó como un movimiento de jóvenes,” parece acertado, y lo es más cuando le prestamos atención al hecho que Jesús mismo se dirigió a sus discípulos como ‘hijitos’ (Jn. 21:5).

De aquí hay una buena razón para asumir que un buen número de los Doce hayan sido comparativamente jóvenes cuando Jesús los llamó. También tenemos que darnos cuenta que este grupo de hombres plasmó un microcosmos de multiplicidad de carácter humano. Obviamente la perspectiva de Jesús al escogerlos no estuvo enfocada en demasía en quiénes eran al principio, sino más bien en las personas que se convertirían bajo su liderazgo e influencia (cf. Jn. 1:42). Al ser consciente de sus déficits y debilidades evidentes, Jesús al mismo tiempo sabía que podía edificarlos mediante su educabilidad y dedicación. Estando totalmente convencido que Dios había encomendado estos Doce a su cuidado, Jesús se embarcó en su entrenamiento con confianza, determinación firme y estrategia clara.

El principio clave en el método de Jesús se da a entender en la declaración de Marcos de que Jesús seleccionó a los Doce “para que estuviesen con él” (v. 14). En los siguientes veinticuatro meses19 Jesús compartió su vida y ministerio con sus discípulos designados recientemente de manera constante y consistente. Ellos caminaron y hablaron con Jesús, comieron, bebieron, trabajaron y descansaron, lo acompañaron a la sinagoga, al Templo, a los campos y al mar de Galilea, a los pueblos, a Jerusalén; estuvieron con él en una boda y un funeral, cuando visitó a amigos y enfermos, cuando trató con multitudes e individuos, mujeres y niños, líderes religiosos y marginados, judíos y gentiles, ricos y pobres; lo vieron orar, predicar y enseñar; lo vieron sanar y quitar demonios; experimentaron a Jesús en público y en privado, con gozo y triste, con sed y cansado.

Para ponerlo de otro modo, Jesús les abrió innumerables ocasiones para que se muevan con él en consociación. Según el diccionario Webster, la palabra consociación – derivada de las raíces latinas com – (‘junto’) y socius (‘unido con’) – expresa “unión íntima de personas; comunión; alianza; compañía; asociación.” Es incluso una palabra más fuerte que la última, acentúa el aspecto de compañerismo.

Jesús consideró a la consociación con él como la tierra más fértil para que sus discípulos crezcan en carácter, entendimiento y habilidad. De aquí que hizo que la experiencia de su compañía sea el eje central de su entrenamiento. “Jesús no tenía un plan de estudios formal,” D. Watson declaró, “no había curso planeado de instrucción, no había programa de clase. En lugar de ello llamó a sus discípulos para que estén con él.” Y R. E. Coleman enfatizó, “La verdad no fue enseñada en doctrinas o reglas abstractas; era captada en la experiencia del compartimiento de su vida.” Mediante la continua exposición de los discípulos a quien era, lo que hacía y decía, Jesús intentó que disciernan y absorban su visión, actitud y modo de operación. Deseaba que lleguen a estar tan saturados con las influencias que surgían de su ejemplo, enseñanza, sus actitudes, acciones y unción, que cada área de su vida sea impactada y tenga una mayor semejanza a la suya propia (cf. Mt. 10:25).

El método que escogió fue simple e informal, práctico y holístico. La totalidad de las experiencias de vida compartidas constituyó la clase de los discípulos, y las palabras de su maestro simplemente necesitaban aclarar más las lecciones ya obtenidas de su vida.

Con la consociación como el corazón y el secreto del método de entrenamiento del Maestro, no es sorprendente observar que Jesús no sólo pasó mucho tiempo con sus protegidos sino que también este tiempo con ellos se incrementó en los meses subsiguientes. Este entendimiento sugiere nuestro consentimiento a la conclusión de Coleman, “El tiempo que Jesús invirtió en estos pocos discípulos fue mucho más en comparación a aquel dado a otros, que sólo puede ser considerado como una estrategia deliberada.”

Los evangelios mencionan ‘estar con Jesús’ no sólo en conexión con ciertas actividades que los discípulos emprendieron junto con su Maestro (e.g. Mt. 26:20.36, Mr. 3:7, 8:10, 11:11, Lc. 6:17, 7:11, 8:1, 9:18, Jn. 3:22, 6:3, 11:54, 18:1.2). Además parece que la misma terminología fue usada como sinónimo para ser un discípulo de Jesús (e.g. Mt. 26:69.71, Mr. 16:10, Jn. 18:26) y que la compañía bilateral existente entre el Maestro y sus discípulos se refería a un equivalente de la técnica de Jesús para el entrenamiento de los Doce (Mr. 3:14; cf. también Lc. 22:28, 24:44, Jn. 7:33, 13:33, 14:9.25, 16:4, 17:12).

Utilizar el concepto de consociación para este proceso sirvió para más de un propósito. Era más que un principio pedagógico aplicado para asegurar la influencia efectiva en base a una compañía cercana porque Jesucristo vio en este método el mejor vehículo para hacer encallar su contacto con los Doce en una relación sólida.


Tomado del libro mentoría para misiones de Günter Krallmann

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